martes, 25 de septiembre de 2012

La bestia acorralada



Apenas sabía lo que pasaba en las afueras del cuarto, toda su vida había sucedido en el encierro, sentía cierta paz o calma de estar ahí seguro, el alimento y todas sus necesidades básicas estaban satisfechas. Pero esa noche algo ocurrió que fue asediado por emociones sombrías.

Desconfiaba de los alimentos de la noche anterior, pero las imágenes eran claras: figuras similares a él mismo pero completamente distorsionadas y oscuras con la vista enloquecida. Una ronda de animales agitados y corriendo alrededor.  Un peso sobre su cuerpo que le atosigaba.

Se acordó de las personas que más quería y, al no estar cerca de ellas, sospechó que algo les había pasado, algo malo, alguna pena grande, algún accidente. Sus gritos apenas sobrepasaban las murallas, cuandó gritó. Y miró a través de las penumbras que era pero no había nada. Creyó que encendiendo las luces podría hacer huir los fantasmas.

Pero ni la luz artificial ni la luz solar podían calmar sus ansias de explotar en llanto, sentimiento desconocido hasta entonces porque su vida había sido plagada de placer y consentimiento. El sufrir le era desconocido. Quizás comenzó a darse cuenta de que las ocho esquinas de su encierro no eran todo lo que existía, que los rostros que usualmente se acercaban a verle no eran todos los rostros. Le asaltaba la duda sobre que habría más allá.

Despertó un poco ese sentir punga que tiene su poco de odio y salvajada desesperada. Encerrado de toda la vida supo decir que estaba encerrado. Que bestia que era, estaba acorralado por los dientes de la muerte. Quería ser otro.

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