martes, 9 de octubre de 2012

Festín nocturno




El muñeco caminaba
tranquilamente bajo la luz
de los faroles
unos tras otros.

No se sentía solo el muñeco
tenía la luna y las estrellas
los árboles, los autos
que de vez en vez pasaban.

Las piedras que pisaba
le molestaban, creía que
podía en algún momento
tropezar, pero nada pasaba.

Caminaba el muñeco como si nada
cruzó por un portón oscuro
y el perro le ladró
sintió un escalofrío.



Creyó ver sombras furtivas al acecho
unos ojos maliciosos
que lo miraban con ambición
comenzó a correr el muñeco.

Sentía unos pasos que repetían
el agitado trote que llevaba
un rengueo marginal a lo lejos
y saltos, de reojo veía saltar sombras.

Como destellos lo seguían
pero no se decidían a atacar
faltaba una señal precisa
el momento y lugar oportunos.

Desesperado, desbocado
ya se le salía su corazón
de aserrín al muñeco
y dobló la esquina.

Sólo siguen las penumbras
una sombra lo detiene
el muñeco destila en toda gota de su sudor, terror
toman su billetera, la revisan.


Y sobre las hojas de los árboles
que cayeron ese mismo día bajo sus ramas
caen las fotografías de su familia
y un par de papeles sin importancia.

Intenta escapar el muñeco
tres fuertes garras lo detienen
y una cuchilla penetra
de arriba abajo.

Toda su simetral columnal
otra se clava en su estómago
y la tercera hace más amplia
su sonrisa de muñeco.

Las fieras se ciernes sobre el caído
y no le extraen madera
o algodón o algún relleno
común a todo muñeco.

Es carne, sangre, vísceras
el último aliento de vida
le extraen el terror y lo sirven
en bandeja a la muerte.

Las sombras se dan su festín
no hay quizás motivos o razones
cazan muñecos por el simple placer
de desatar sus rencores, sus sueños.

Y le aúllan a la luna
en su rito malvado
de crónica roja.



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